Un puñado de sueños

Había nacido en Marruecos tenía un puñadito pequeño de años, soñaba, soñaba y soñaba porque con esos años a pocos de sus sueños les había dado tiempo a llegar. A cambio con ese pequeño puñado de años ya tenía problemas muy serios. El que más le pesaba era ese hombre que decía quererla pero le chillaba hasta dejarla sorda, de cuando en cuando le daba un guantazo, y más de una vez le oyó decir que si no se comportaba la tendría que acabar matando. Ayer ella paseaba con su problema, discutían, no más alto que otros días, pero él estaba más nervioso, o más cabreado, o más loco. Y en el aparcamiento del centro cultural, cerca del seat ibiza negro, él ha sacado una pistola y le ha disparado a la frente. Luego ha salido corriendo y allí la ha dejado desangrándose. Como un cobarde se ha subido al coche negro y ha salido disparado. Mientras muchas mujeres y algunos hombres en la Puerta del Sol gritábamos con tanta razón que el machismo sigue matando, esa mujer con ese puñadito pequeño de años, recibía un tiro en la frente y se desangraba en la calle.
Foto: Pedro Garcia

Un libro lleno de mujeres

de mujeres grandes que sufren, que sueñan, que viven. Niñas que juegan con el barro; esposas que esperan trenes que devuelven a sus vidas amores de antes dela guerra; secretos de abuelas; artistas dolientes; amigas que caminan juntas; otras que no saben quererse tanto; mujeres que miran al cielo; que tiemblan;que se preguntan por la muerte; sin tiempo para la tristeza; con sueños pequeños y grandes; que han extraviado sus besos; que investigan archivos; que escriben cuentos; que se protegen de la lluvia o que de alguna manera laaguardan. Racha, Gaga, Serena, Lola… nos regalan su corazón, nos hablan de susmiedos, de sus dolores, de sus sueños y nos dejan en el alma la paz necesariapara que podamos luego pensar en los nuestros. A su lado algunos hombres, que las hacen sufrir, gozar, que las escuchan, que las quieren, que las maltratan..... que aprenden de ellas.

María, la mujer que sale del espejo y baila

Parece que nos conocimos en otro tiempo pero por más que lo intento no consigo recordar. Es seguro que paseamos las mismas calles, fuimos al mismo instituto, seguro que nos hablaron las mismas voces  y nos mintieron idénticos corazones, quizá incluso tuvimos algunos amigos comunes, pero ninguna de aquellas circunstancias, tan prometedoras para el cariño, consiguieron reunirnos en la vida. Esa tarea tan complicada pero tan sencilla la consiguió un titulo, el de su libro.

Cuando María era ya una mujer libre de miserias y de añoranzas, unida en sólido matrimonio con la alegría, la bondad y la magia, lleno ya su vientre de palabras hermosísimas, fue dejando que le salieran del alma, acompasadas y rítmicas como notas musicales. Fueron gotas de rocío en sus madrugadas, y estrellas encendidas en esas noches suyas tan largas. Fueron su alimento y fueron sus ganas y fueron, por encima de todo, el perdón que María necesitaba. Así acabaron componiendo una preciosa pintura de trazos negros sobre fondo blanco. La misma que en aquella pequeña librería en la que yo había entrado en busca de palabra amables, comenzó a hacerme señas a lo lejos, a reclamarme. Me invitó a recorrer sus páginas, a caminar de la mano de una joven poeta hacia un encuentro ¿Pero cuál? Con el ánimo de averiguarlo, lo tomé en mis manos, hice el abono y busqué una de esas pequeñísimas porciones de cielo con que tienen a bien obsequiarnos las ciudades cuando no son tus ojos si no tu alma quien lo reclama. Y convencida de que en Madrid no podía haber cielo más azul que aquel café alegre, ruidoso y lleno de gritos, allí entré, convencida de que me aguardaban momentos muy especiales. No sabía yo que iban a ser decisivos en ese camino mío al encuentro de mis propias ganas. Y en un rinconcito de aquel cielo, al tiempo que paladeaba estrofas me fui sintiendo tan libre como los versos que me guiaban. Me sentí susurro y me sentí semilla. Con ellos subi escaleras, conocí chimeneas que callan y nubes que cabalgan; me perdí en un laberinto de armarios; supe que el hambre posee tantos nudos como agujeros. Lo supe porque era María quien hablaba, la niña con la que compartí calles, una mujer que en ese libro añoraba la penumbra, escapaba del espejo y baialaba.

Así sucedió que acabé por descubrir mi razón más abatida y mi corazón mucho más grande. La primera se evaporó en un silencio de sábanas blancas, el mismo de los que no entienden nada. El segundo comenzó a brincarme dentro, a afirmar conmigo que la vida vale, que la vida sigue, que la vida es un milagro dulce que cada mañana vuelve a sucedernos con la misma magia. Y ocurrió por fin que uno de esos seres que me habitan en las entrañas, despertó de su letargo y con un toque de vara me vació de todo lo que no me sirve y en su lugar colocó el pensamiento rotundo de que alguien muy especial me aguardaba. Era María, la mujer que añoraba la penumbra, que salía del espejo, que bailaba, la misma que ahora salva vidas y sana con su magia. María, una vieja amiga con quien en el pasado había compartido calles y quizá amigos y con la que ahora y por los siglos de los siglos estaré compartiendo palabras.

A las nueve de la mañana

Había mucha dulzura en sus ojos y en las palabras que, sin hacer el más mínimo ruido, a veces se le caían del alma. Yo me situaba al final de la cola a esperar mi turno, escondiéndome entre los chicos para que ella no sufriera al verme esperar tanto.
- que usted tiene más prisa, solía decirme, que ellos ya lo tienen todo hecho.
Pero a mi me gustaba aguardar mi turno, mirarla moverse detrás de esa barra larga. ¡Con que habilidad vaciaba el lavavajillas, con que rapidez colocaba los platos y las tazas, cómo vertía la leche hirviendo sobre el café cargado, con que maestría atrapaba con las pinzas los donuts, los croissants, las pulgas de jamón!. Me gustaba verla agitar sus manos para que avanzara la cola, para que se movieran aquellos chicos que a las nueve de la mañana aún no habían despertado. Sin levantar la voz, sin un solo grito, solo moviendo sus manos, conseguía que aquellos niños grandotes, universitarios sí, pero niños aún con esa expresión de sueño que les delataba,  retirasen rápido su café y su tostada, conseguía que la fila larga avanzara.
- Vamos, el siguiente,  reclamaba.
Luego cuando, al fin llegaba mi turno, me recibía su sonrisa, sus buenos días, sus palabras cálidas.
-Pero ¿por qué no pasa antes? me decía, -una seña y yo le preparo su café volando.
- No importa, no importa, le decía yo. No tengo ganas de correr tan de mañana. 
Y allí, en un ladito de la barra,  me tomaba el primer café del día.  Ella no dejaba de atender al siguiente, yo de hacerle preguntas sencillas que ella respondía con esa dulzura en sus ojos, con esas palabras breves que aunque hablaran de la lluvia, del frío o del calor, a mi me parecía que se le iban cayendo del alma. 

La joven galena

Como muchos otros días recibo el sol mientras aguardo mi turno en una sala de espera. Hoy me atiende Silvia, he podido leerlo en el bolsillo de su bata blanca junto a un apellido que no sabría pronunciar aunque quisiera. Es morena y pequeña,  adivino que quizá aún no cumplió los treinta, ¡Dios cada día médicas más jóvenes y yo más vieja!. Tiene unas enormes gafas de pasta negra que se le deslizan por una nariz minúscula y pizpireta, se le van escurriendo poco a poco mientras ella hace como que no se da cuenta. Tras esos enormes cristales sus ojos parecen tristes y pequeños pero no lo son, cuando por fin la gafa está a punto de caer sin que nariz alguna se lo impida, en décimas de segundo sus ojos aparecen libres y me sorprenden, son grandes y hermosos y tienen una luz preciosa que enseguida desaparece  cubierta de nuevo por esa armadura negra que su dedo corazón ha vuelto a subir, a colocar sobre esa nariz pequeña que volverá a dejarlas escurrir antes de que Silvia acabe de hacerme esas preguntas que me doy cuenta que le cuestan.


- ¿A usted le parece que piensa claro?, me pregunta en voz tan baja que casi no puedo oirla.
- ¿pero que pregunta es esta? quisiera gritarle pero me limito a responderle sin palabras solo moviendo levemente esa masa redonda que antes llamaba cabeza

Pero ella que solo mira la pantalla, no parece ver mi respuesta, mientras me habla hace sonar muy fuerte las teclas, yo la disculpo porque se que no lo está pasando bien, que ella sabe que no es esa la aptitud que debe tener pero veo que no lo puede evitar y la tiene. Deja un rato las teclas y mueve sus manos y su cabeza como si estuviera sola en la sala, como si yo no estuviera con ella y  por ese movimiento puedo adivinar que ha vuelto a pensar cómo hacerme esas  preguntas, esas que cuando pasen los años hará sin problemas, las mismas que aunque se empeñe hoy no podrá evitar, que tendrá que acabar haciéndome porque se que quiere valorar si mi pensamiento es libre, si sabe medir, si sabe controlar, si tiene dentro razones claras, por qué no consigue que las palabras y  las ideas acaben de estar de acuerdo. Son preguntas que cuanto más las piense peor le saldrán pero que ahora le duelen dentro y me mira y con esos ojos que parecen pequeños pero no lo son, me pide disculpas antes de acabar haciéndolas.

Y aunque yo estoy deseando acabar, salir por fin de esa consulta a la que me resistía acudir, aunque se que cuanto antes ella haga todas esas preguntas antes acabaremos la dos, aunque lo se muy bien,  yo le agradezco sus rodeos, le agradezco su apuro, porque me regala un tiempo precioso para seguir instalada en la vida que me niego abandonar, para construir la respuesta a esas preguntas que ella no quiere hacer porque mirando a mis ojos ella ha sabido que yo no puedo contestar sin que me duela. 

En el jardín del verso

Subida sobre sus tacones, la mujer que tenía delante le tapaba por completo el altar. Se preguntó quién sería, tan elegante no parecía del pueblo. Su abrigo de paño negro y el tintineo de sus pulseras, la delataban como "extranjera".... De cuando en cuando bajaba su cabeza. Como si quisiera ocultara, la recogía bajo los hombros. Paz lo agradecía porque en esos instantes podía oir mejor al cura, el problema de su oído se había acentuado y ahora necesitaba mirar al que hablaba. A medida que la misa avanzaba aquella mujer se encogía. Ya no era solo su cabeza, su cuerpo entero se fue haciendo un ovillo, parecía ahora mucho más pequeño.  En algún momento su oido cansado y torpe oyó un lamento. No tuvo ninguna duda, aquella mujer que tenía delante, que le tapaba el altar, lloraba, lloraba tanto que ella ya no tuvo más remedio que acercarle  sus manos a los hombros, sujetarla, intentar transmitirle consuelo. Se desentendió de la misa, del cura, que no decía nada nuevo, se desentendió de todo el mundo. Con toda la delicadeza de la que era capaz, sujetándole aún la espalda, le susurró algo al oído, luego la invitó a sentarse. Allí siguió mientras el cura hablaba, acariciándola por la espalda, transmitiéndole calor, dándole el cariño que sabía que ella necesitaba.  Cuando al cabo de unos minutos, que le parecieron horas, el cura empezó a repartir las hostias y la mujer de abrigo blanco sentada al lado de la que lloraba, caminó al altar para tomarla, Paz se adelantó, ocupó su sitio junto a esa mujer triste, la tomó de las manos y la invitó a abandonar la iglesia.
Ya fuera, aquella mujer seguía sin palabras y parecía que sin el menor deseo de encontrarlas. Paz la animó con su mirada. Y con su mirada también le fue mostrando la belleza del paseo, los árboles, las flores en las ventanas, los niños que las cruzaban, el silencio del jardin en el que después de unos minutos largos acabaron reposando. Y fue alli, en el Jardín del Verso, ocupando un banco al sol donde aquella mujer elegante fue soltando sus palabras, con tanto atropello al principio que Paz tuvo que calmarla. Luego poco a poco con la voz más pausada fue contándole su historia, una historia triste, que ella sabía que, por desgracia, no era la única, que era la misma que podían contar otras tantas mujeres. Las palizas de la noche, los silencios de la mañana, los encierros los domingos, las voces, los gritos con los que a cualquier hora del día su marido la obsequiaba. Pero a medida que hablaba, según iba acabando la historia, la mirada de esa mujer se fue transformando. Se le iluminaron los ojos, le bailaron las mejillas y en su boca, por fin, fueron apareciendo palabras más serenas, que empezaban a expresar deseos, que aquella mujer paladeaba porque le sabían a esperanza y que Paz escuchaba sin tener que mirarla a los labios. 

Manos que guardan secretos

Desde que salí de casa, una hora y media antes de llegar a Sol, fui pensando en las manos de las mujeres. Las observé mientras esperaba el bus, luego cuando bajaba hacia el metro, después en el vagón que a esas horas iba ligero. Tuve tentación de sacar el móvil y atraparlas con mi cámara. Todas sujetaban algo:  bolsas grandes y pequeñas, libros, periódicos, paquetes extraños.... Y muchas de ellas sujetaban también otras manos: de niños a los que guiaban; de madres y padres tal vez, o quizá de corazones que las reclamaban; de otras mujeres con las que compartían la charla; de hombres serios que ni las miraban; de amores que iban expresando;  ..

y algunas de esas mujeres
sujetaban sus propias manos.
La una junto a la otra,
abrazándose despacio,
cogidas bajo sus pechos,
o ancladas en su regazo.
Y luego al llegar a Sol,
también sujetaban pancartas
"el machismo mata", "ni dentro ni fuera de casa"
y daban palmas, y gritaban y reclamaban justicia
y transmitían esperanza.
Las manos de las mujeres
cuánta fuerza, cuánto amor,
cuánta historia, cuántos secretos que guardan.